
Historia 169
Esta es la historia 169 de 450 que te contaremos sobre León
Sergio Zúñiga Díaz tenía 12 años cuando le pidió permiso a su padre para ser boy scout. No lo dejó.
En su lugar, Jesús Zúñiga Méndez —socorrista desde finales de los años cuarenta— lo llevó a la Cruz Roja.
Era domingo. La base estaba en la calle 20 de Enero. Sergio recuerda la impresión de esa primera vez: vestían uniforme tipo militar, la disciplina y la forma de saludar.
Parecía una escuela militar”.
Ese mismo día vio sangre de cerca por primera vez.
“Llegó una camioneta con un herido, todo ensangrentado. Lo bajaron junto a mí”.
Pensó que no volvería, “Esto no es para mí”.
Pero su padre no le dio opción. “Aquí no vienes a hacer lo que tú quieras, vienes a hacer lo que se debe”.
Sergio se quedó.
Han pasado cinco décadas. Sigue ahí. Hoy coordina al grupo de veteranos: ocho socorristas que, como él, nunca se fueron.

Durante años, la Cruz Roja fue cosa de familia: su padre y cuatro de sus hermanos formaron parte de la institución, al mismo tiempo.
Entró al Grupo Juvenil de Socorristas y Servicios de Emergencia como voluntario. Se ausentó unos años cuando vivió en Aguascalientes, pero al regresar volvió a la Cruz Roja.
Intentó estudiar Medicina, sin embargo, llegó hasta segundo año.
En los años sesenta, recuerda, casi todos eran voluntarios. “Dieciocho no cobrábamos y solo dos eran de base”.
Había pocas ambulancias. Poca preparación en primeros auxilios. Pero una disposición total.
“Así éramos los voluntarios. Vivíamos en la Cruz Roja”.
Su madre un día le dijo: “toma tu ropita y vete a vivir allá”.
Muchos eran solteros. Cuando se casaban, les asignaban guardias nocturnas, a veces también los domingos.
Sus vidas se acomodaban alrededor del servicio.
En esos años, el trabajo era directo: llegar, revisar al herido, subirlo a la ambulancia y trasladarlo al puesto de socorros, al hospital o a un sanatorio.
Con el tiempo, llegó la profesionalización.
Los socorristas comenzaron a formarse como paramédicos. Aprendieron a estabilizar a pacientes antes de moverlos.
Sergio formó parte de ese cambio.
Se capacitó e insistió a sus compañeros en hacer lo mismo.
Aprendió protocolos, el uso de desfibriladores y manejo de equipo médico.
Recuerdos que no se borran
Hay escenas que no se olvidan.
Una de ellas ocurrió cuando tenía 18 años. La llamada vino del Barrio de Santiago: una mujer estaba a punto de dar a luz.
Llegamos y el bebé nacía. Yo estaba muy emocionado, no era paramédico, pero ya sabía algo y ayudé a que naciera”.
Días después, la madre lo buscó. Quería que fuese el padrino y al niño lo llamó Sergio, igual que él.
Pero no todas las historias terminan así.
El terremoto de 1985 en la Ciudad de México lo marcó.
Tenía 22 años cuando se ofreció como voluntario. Salieron 30 socorristas de León en un autobús de Los Bravos.
Llegamos y eran muertos y más muertos”.
Trabajaron durante días entre escombros en zonas cercanas al Hotel Regis.
“Sacamos a cinco de los escombros. Ya estaban muertos, pero estaban calientes, recién habían muerto”.
Estaban en riesgo constante. Los edificios colapsaban en cualquier momento.
En medio del caos, ocurrió algo que aún no logra explicar.
Había un hombre que los guiaba.
“No, no, aquí vete por aquí, pon la cuerda… échenle y sáquenlo”, nos decía. Cuando terminaron el rescate, lo buscaron y ya no estaba. Nunca lo encontraron. “Queremos pensar que fue algo divino”.
Días después llegó el entonces presidente de la Cruz Roja de León, Pedro Medina Hurtado. “Nos mandó a bañar y nos regaló ropa nueva para cambiarnos”.
Los días más duros en León
En León también ha visto de todo: accidentes carreteros, explosiones, incendios. Una de las más grandes tragedias ocurrió en 1990: el choque de un tren con un autobús que transportaba personas de comunidades rurales.
Levantamos brazos, piernas… fue terrible. Más de 27 muertos”.
Yo soy Cruz Roja
Un día, un comandante le dio una lección que no olvida. Un periodista quería su nombre para reconocer su trabajo. El comandante se quitó el brazalete y respondió:“Ponga que fue la Cruz Roja”.
Sergio repite la lección hasta hoy. “Yo no soy Sergio. Yo soy Cruz Roja”, repite emocionado.
En la institución encontró amistades entrañables. Incluso familias.
“Se casaban entre socorristas. Hacíamos valla en el templo con las banderas y portaban el uniforme de gala”.
Su esposa no fue voluntaria, pero aprendió a convivir con las guardias, de emergencias y los desvelos.
La imagen de los socorristas
Con los años, también cambió la relación con la gente.
“Hace como cuarenta años, la gente nos quería mucho… todavía nos quieren, pero nos querían más”, afirma el veterano.
“Llegabas a cenar con uniforme y la cuenta ya estaba pagada”.
También cambiaron las emergencias. “Había muchos apuñalados… hasta los desclavábamos de puertas de madera. Luego vinieron los choques. Las carreteras angostas provocaban accidentes de frente… regadero de heridos”.
Sergio sigue en guardia. Defiende el valor del emblema y pide a los leoneses: “Sigan creyendo en la Cruz Roja”.
DAR
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