
Historia 274
Esta es la historia 274 de 450 que te contaremos sobre León
Durante siglos, Santa Rosa fue una de las principales haciendas agrícolas de León. Sus tierras, molinos y producción de harina abastecieron a buena parte del Bajío. La convirtieron en una de las propiedades más importantes de la región.
Sin embargo, el episodio que la hizo inolvidable ocurrió mucho tiempo después. Cuando dejó de producir trigo para abrir sus puertas a cientos de personas que huían de la Segunda Guerra Mundial.

De hacienda agrícola a una de las más importantes de León
La historia de Santa Rosa comenzó el 20 de diciembre de 1563, cuando el virrey Luis de Velasco otorgó estas tierras a Pedro de Herrera.
Con el paso de los siglos pasó por distintos propietarios, entre ellos Antonio Obregón Alcocer y la empresaria guanajuatense Concepción Otero, mientras consolidaba su actividad agrícola y ganadera.
Además del cultivo de maíz, trigo, cebada y otros granos, Santa Rosa destacó por la producción de harina gracias a sus molinos, varios de los cuales todavía permanecen en pie junto con parte del antiguo casco.
Como ocurrió con muchas haciendas del municipio, durante la Revolución Mexicana sufrió saqueos y posteriormente perdió buena parte de sus tierras con el reparto agrario.
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La “pequeña Polonia” de León
La historia de Santa Rosa dio un giro inesperado en 1943.
Mientras Europa vivía la Segunda Guerra Mundial, México aceptó recibir a un grupo de refugiados polacos que había sobrevivido a la invasión de su país y a los campos de trabajo establecidos por la Unión Soviética.
La hacienda fue elegida para recibirlos.
El 10 de julio de 1943 llegó el primer contingente y el 2 de noviembre arribó un segundo grupo. En total fueron 1,453 refugiados, en su mayoría mujeres y niños, que encontraron en Santa Rosa un lugar donde comenzar una nueva vida.
Muy pronto el sitio comenzó a ser conocido como “La pequeña Polonia”.

Los refugiados organizaron una comunidad prácticamente autosuficiente. Construyeron talleres de carpintería, zapatería y sastrería. Cultivaron hortalizas, criaron animales y establecieron una escuela donde los niños continuaron sus estudios bajo el sistema educativo polaco.
Con el paso de los años también convivieron con habitantes de León, creando un intercambio cultural que fortaleció los lazos entre ambas comunidades.

Una nueva misión
La historia de Santa Rosa volvió a transformarse pocos años después.
En 1953, Rafael González Muñiz, último propietario de la hacienda, donó más de seis hectáreas al obispo Manuel Martín del Campo para apoyar la obra social impulsada por el padre Marceliano Ruiz, inspirada en el modelo educativo de Juan Bosco.
Con la llegada de los salesianos, en 1960, nació formalmente la Ciudad del Niño Don Bosco, institución que desde entonces brinda alojamiento, educación y formación a niñas, niños y adolescentes en situación vulnerable.

Los antiguos molinos, parte del casco y varios edificios históricos permanecen como testigos de una hacienda que primero alimentó al Bajío, después dio refugio a quienes escapaban de la guerra y finalmente encontró una nueva vocación dedicada a la educación.
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