
León.- Hace un siglo comenzó uno de los conflictos civiles más significativos en la historia de México después de la Revolución: la Guerra Cristera, en la que se enfrentaron las fuerzas gubernamentales y creyentes que defendían su fe.
El 31 de julio de 1926, el entonces presidente Plutarco Elías Calles promulgó la reforma a la Constitución de 1917 conocida como Ley Calles, la cual provocó la suspensión del culto religioso y marcó el inicio del conflicto.
Después de los estragos de la inundación de junio de 1926, León enfrentó esta lucha con una postura predominante: la resistencia pacífica y la práctica del culto a puerta cerrada como forma de rebelión, aunque también hubo grupos armados.
AM documentó, a través de entrevistas y registros del Archivo Histórico, algunos de los episodios más representativos de la Guerra Cristera en León.
La antesala al conflicto: la Ley Calles
Se conoce como Guerra Cristera al conflicto entre los creyentes y el Gobierno mexicano después de la entrada en vigor de la Ley Calles, el 31 de julio de 1926, una reforma que buscaba aplicar de manera estricta las disposiciones anticlericales de la Constitución de 1917.
“Establecía multas para los religiosos que vistieran sotanas y hábitos en público, así como penas de cárcel para quienes cuestionaran abiertamente las políticas gubernamentales. Además, limitaba el número de sacerdotes que podía haber en el país y los obligaba a registrarse ante instancias públicas para poder ejercer su ministerio”, recuperó el periodista José Francisco Alonso para la BBC.
La respuesta no se hizo esperar. Los obispos suspendieron las misas y los sacramentos y abandonaron los templos. Según palabras del historiador Jean Meyer: “El Gobierno cometió el error de cerrar los templos con la buena intención de hacer un inventario”. La respuesta de los feligreses fue impedir la entrada de los elementos enviados por el Estado.
“Es cuando corre la primera sangre y podemos decir que empieza la Cristiada”, subrayó Meyer.
Para defender el derecho a profesar su fe, los fieles gritaban “¡Viva Cristo Rey!”, por lo que fueron llamados “cristeros”. Las tensiones crecieron entre ambos bandos, lo que llevó a algunos a tomar las armas, aunque al principio no había una organización ni un plan de acción establecidos.
Ante la advertencia del gobernador de Jalisco, José Guadalupe Zuno, sobre un posible levantamiento, el presidente Calles respondió: “¡Ojalá y se levanten! En tres semanas los vamos a aplastar de una vez para siempre”. El conflicto duró tres años, en lugar de las semanas que el Presidente estimó inicialmente.
En entrevista para AM, el cronista de León, Luis Alegre, explicó que no es posible trazar una cronología clara de los acontecimientos, pues no se cuenta con los registros oficiales necesarios, sobre todo por parte de los cristeros. Por su parte, el Ejército Mexicano sí contaba con planes escritos de movilización y asignación del mando.
“Es un conflicto que queda mucho en el imaginario, queda mucho en la tradición oral que se ha perdido, quedan corridos, quedan canciones, quedan hojas volantes, pero es muy difícil establecer una línea de tiempo”, subrayó el cronista.
León antes de la Guerra Cristera: la inundación de 1926
La madrugada del 23 de junio de 1926, León enfrentó una de las peores inundaciones de su historia. El director del Archivo Histórico, Rodolfo Herrera Pérez, destacó en entrevista con AM que, ante la crisis: “Los primeros que abren las puertas para atender a la población son los sacerdotes, es el obispo Emeterio Valverde y Téllez, el párroco del Coecillo, el párroco de San Miguel, que son los primeros que atienden a la gente damnificada y también el presidente de ese tiempo (Guadalupe Núñez)”.
Herrera mencionó que los edificios públicos se abrieron para alojar a los afectados. Entre los inmuebles estaban el Palacio Municipal, el Teatro Manuel Doblado y algunas escuelas. También se buscaron donativos bajo la gestión de la Cámara de Comercio, pues se necesitaban alimentos, ropa y recursos para atender los daños en las calles y rescatar los cuerpos que quedaban entre el lodo y los desechos.
Aproximadamente un mes después, cuando entró en vigor la Ley Calles, esta cooperación se vio afectada.
“La Iglesia y el Gobierno municipal se unieron apoyando a los damnificados y, por otra parte, de repente se les dice, ‘Pues se suspenden los cultos.’ La gente cree que fue el gobierno. Que el gobierno cerró los templos”, señaló el director.
Herrera destacó el impacto de lo anterior para la población: “En desgracia después de la inundación y luego todavía sin la fe, sin sus lugares para escuchar una palabra de aliento de parte de Dios. Yo creo que se vivió una etapa muy difícil”.
León ante la guerra: resistencia pacífica
Ante las tensiones del conflicto, León no tomó las armas, sino que buscó vías pacíficas para enfrentar la represión sin recurrir a la violencia.
“Es una batalla, como bien lo han dicho, de espíritu. Es un asunto que tiene que ver con las convicciones, con la conciencia y como tal la rebeldía en León se va a manifestar en seguir profesando el culto a escondidas en las casas, oficiando misa en las casas, compartiendo los sacramentos, manteniendo una vida, vamos a decirlo, activa en el culto católico, aun cuando estaba limitado”, dijo el cronista de León.
El libro “La suspensión de cultos en León”, publicado por el director del Archivo Histórico, Rodolfo Herrera Pérez, recupera algunas publicaciones del periódico La Voz del Pueblo, “un medio de lucha que sirvió para divulgar las ideas concernientes a la cuestión armada y también para publicar furibundos artículos contra el gobierno de Calles”.
El 8 de agosto de 1926, en su primer número, el periódico publicó: “Los católicos deben unirse, deben organizarse, deben hacerse respetar; no por las armas, que nunca hemos sido partidarios de la guerra, sino por la cohesión y armonía de los elementos, por la acción moral conjunta y bien dirigida, que haga valer la fuerza irresistible del derecho y de la justicia”.
La búsqueda de la paz fue la que predominó en el municipio, aun cuando también era víctima del hostigamiento por parte del Gobierno. León no estuvo exento de la violencia entre ambos bandos.
Los mártires del Coecillo o de La Brisa
Uno de los episodios más violentos del conflicto en León, y que quedó profundamente grabado en la memoria colectiva, fue la ejecución de seis jóvenes: José Valencia Gallardo, Nicolás Navarro, Ezequiel Gómez, Salvador Vargas, José Gasca y Agustín Ríos.
Según datos del libro “La suspensión del culto en León”, todo comenzó el 26 de diciembre de 1926 en una finca aledaña al Panteón de San Nicolás, donde se planeó un levantamiento armado para el 1 de enero de 1927, que después fue aplazado hasta el día 3.
Por una falta de prudencia, el plan fue descubierto y el movimiento se adelantó al 2 de enero, en la Quinta La Brisa, en las orillas del Coecillo. Sin embargo, la traición de dos infiltrados llevó a que los participantes fueran sometidos por los militares. La ejecución ocurrió horas después, en la calle Palo Cuarto, donde se les ordenó gritar “¡Viva Cristo Rey!” antes de ser asesinados.
Sus cuerpos fueron exhibidos frente al Palacio Municipal antes de ser entregados a sus familiares. Este episodio es conmemorado cada año en la parroquia de la Purísima Concepción, en el Coecillo.
León como trinchera
La Guerra Cristera provocó una migración forzada desde los puntos de mayor violencia, y León fue uno de los destinos. En palabras de Alegre, la gran aportación del municipio durante el conflicto radicó en acoger a quienes buscaban un lugar donde establecerse. Fue así como se convirtió en “la ciudad del refugio”, al recibir a la gente expulsada de los Altos de Jalisco para “recibirla con los brazos abiertos, integrarla y asumirla como sus nuevos hijos”.
Según el cronista, aunque las causas que trajeron a los alteños a la ciudad fueron lamentables, su presencia enriqueció al municipio con sus “visiones y maneras de entender el mundo”.
“Ellos vinieron a enriquecernos con su trabajo, ellos vinieron a enriquecernos con su empeño, con su emprendedurismo, sí con sus capitales, sí con su trabajo, pero nos enriquecieron en una ciudad que lleva 450 años con las puertas abiertas”, destacó Alegre.
El mito de los túneles
Dentro del imaginario colectivo leonés existe la creencia de que hay una red de túneles que conecta diferentes puntos de la ciudad. Algunas versiones sugieren que algunos fueron creados para permitir la huida de sacerdotes durante la Guerra Cristera.
Sin embargo, esta idea se aleja de la realidad. Así lo aclaró el cronista de León: “Es ilógico absolutamente que se construyese un túnel lineal y que nadie se diera cuenta. Y sobre todo para comunicar de un templo a otro que carece de cualquier utilidad”.
Alegre explicó que la “red de túneles” corresponde a los embovedamientos que cubren los arroyos que atraviesan León. Aunque pudieron utilizarse como escondite, su propósito era permitir el paso del agua.
A propósito, dio a conocer la existencia de los llamados “pasos”, cuyo fin era “comunicar de una casa a la otra para poder escapar de esta persecución o de este hostigamiento”. Se hacían por debajo de puertas o paredes para permitir el traslado de una residencia a otra.
Subrayó que el acto de rebeldía más grande en León era ocultar a los sacerdotes, pues esto “supone una culpabilidad que abarca la familia, el que los encubre, el que los cuida, el que los guarda”. Asimismo, se utilizaban antiguas norias, pozos o aljibes como refugio.
El fin de la Guerra Cristera
Según palabras del historiador Jean Meyer en el documental de Clío titulado “La Guerra de los Cristeros”, el conflicto llegó a su fin en junio de 1929 mediante un acuerdo formal conocido como “Los Arreglos”. Se estableció un pacto entre el presidente Emilio Portes Gil, el arzobispo Pascual Díaz de México y Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores, Arzobispo de Morelia, como representante de Roma.
Meyer señaló que el Gobierno afirmó que las leyes no tenían el objetivo de agredir a la Iglesia y que se aplicarían con una “interpretación positiva”. Por ejemplo, el registro de sacerdotes en la Secretaría de Gobernación se presentó como un mero trámite estadístico y no como una intervención en la vida eclesiástica.
Gracias a este acuerdo, la Iglesia pudo reanudar el culto público a finales de junio de 1929, apenas un día después de la firma.
De acuerdo con testimonios de cristeros, algunos regresaron a sus hogares al considerar que habían ganado, ya que el objetivo principal, la reanudación del culto, se había logrado. Sin embargo, para muchos combatientes estos acuerdos fueron percibidos como una traición, ya que no se cumplieron las garantías prometidas y muchos fueron desarmados o perseguidos posteriormente.
AAK







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